20120229

El cuchillo de campo (iii): los ‘cómo’


Repasemos rápidamente qué sí y qué no hacer con esta herramienta, y algunas sugerencias de cómo conviene hacerlo, a partir de la experiencia.

En las entregas anteriores vimos las características generales del cuchillo de campo y cómo elegir uno confiable, sobre todo si se trata del primero. Ahora presentamos algunas sugerencias generales para que dé buen servicio durante muchos años: cómo utilizarlo y cómo no hacerlo; los cuidados que se deben tener con esta herramienta punzocortante y el mantenimiento mínimo que requiere.

6. Portación y uso
El cuchillo es «de campo». Por ningún motivo debe pasearse el usuario por zonas urbanas presumiendo «el arma» –porque en eso se convierte una herramienta cuando está fuera de su elemento–, menos aún, desenvainada. Además de ser una provocación al hurto y las agresiones, se pone uno en la mira de las autoridades, lo que en algunos lugares significa detención inmediata del portador y decomiso de su preciada posesión.
Si se debe atravesar un área urbana a pie o en transporte público para llegar a la zona donde se empleará el cuchillo, hay que meterlo a la mochila antes de salir de casa y sacarlo llegando al destino. Si se tiene vigente la membresía a algún club cinegético, organización militarizada o esculta, debe llevarse la credencial en el bolsillo.
Ahora bien: una vez en el campo, evitemos que el cuchillo y otros accesorios que necesariamente han de llevarse encima, vayan ceñidos al cuerpo o trabados en la ropa, tanto por comodidad como por seguridad. En caso de saltar al agua o quedar atascado entre ramas o en una grieta, es vital el tiempo empleado en deshacerse del GPS, la cantimplora, la mochila de patrulla, el cuchillo, etcétera. Todas estas herramientas deben acoplarse a un solo cinturón de carga o fajilla con hebilla de seguridad (segura de llevar pero fácil de abrir), sobrepuestos a la ropa, deseablemente con suspensores que repartan el peso sobre los hombros.
Para evitar que el cuchillo moleste el movimiento natural de los brazos, se maltrate y enganche con maleza, ramas y demás obstáculos, debe llevarse como bayoneta militar: en el lado de apoyo (izquierdo para los diestros; derecho para los zurdos), justo entre el hueso de la cadera y el glúteo; esto permite además que la mano ágil lo desenvaine sin extender el codo lejos del cuerpo. El filo debe estar hacia el frente del usuario, de modo que la herramienta salga en posición idónea para tajar y estoquear.
En cuanto al tamaño, ya sabemos que debe haber un balance entre el peso de la hoja y de la empuñadura, y que las medidas de ésta deben corresponder a las de la mano. Si recordamos que la mano y la estatura guardan también una proporción, queda claro que hay límites para que el  cuchillo resulte cómodo y manuable. Una referencia muy general es que, envainado y colgado de la cadera, el cuchillo no llegue a la rodilla, con lo cual evitaremos que se enrede con las piernas. Colgado de la cintura mediante una fajilla, no rebasará los glúteos, resultando cómodo para caminar, sentarse, correr, escalar, «rapelear» con medio arnés, etcétera.
Las maderas y fibras vegetales se tajan en el sentido del «hilo» siempre que sea posible. Para rajar a lo largo un leño grueso, se clava la punta del cuchillo en el sentido del hilo y se martilla sobre el remate con un palo o piedra hasta que entre la mitad de la hoja, repitiendo varias veces en toda la longitud del leño. Encajar el cuchillo y luego apalancar de lado a lado, implica el riesgo de quebrarlo. Si se quiere partir un palo largo en estacas, los cortes deben ser entre los nudos, lo más diagonales posible y encontrados formando una ‘v’, para reducir los daños al filo. Las cuerdas y cinturones de seguridad se tajan en diagonal, para vencer su resistencia con más facilidad.
En lo posible, se deben dirigir los golpes del cuerpo hacia afuera, sean tajos, estocadas o puñaladas. Al rebanar o pelar, el pulgar no debe apoyarse en el alimento o el palo con que se trabaja sino en la hoja del cuchillo, dirigiendo los movimientos hacia afuera.

7. Lo que no se debe hacer
Además de lo dicho ya sobre «presumir el fierro» en áreas urbanas, tampoco se debe amagar a nadie si no es en un acto de legítima defensa. Los cuchillos con manopla, doble filo o «desnucador» no son herramientas de sobrevivencia sino armas de asalto, y en muchos lugares su sola posesión se considera un delito. Evitémoslos.
Salvo que sea el último recurso para evitar o prevenir un daño a la integridad corporal, el cuchillo no debe ser golpeado contra piedras, maderas duras, lodo ni tierra suelta, pues podría mellarse y hasta quebrarse. Para cortar objetos pequeños a tajos o reducir el tamaño de la leña, se coloca un tronco o tabla debajo, no una piedra, el suelo y, mucho menos, la mano de apoyo.
Por tentador que resulte para el novato, tampoco se debe clavar el cuchillo en un tronco para usarlo como percha o escalón; muy pocas herramientas resisten este abuso, por lo cual cabe esperar daños para la persona o la carga que se les haya echado encima.
Excepto que tengamos una verdadera porquería en cuanto a blandura del metal, tampoco debe frotarse el filo sobre cualquier piedra del cerro, concreto, adoquines, vigas de acero ni otros cuchillos.
Usar la punta como desarmador, además del gran riesgo de heridas que representa, puede resultar en un daño serio al filo. Usar la hoja como banderilla para asar alimentos también garantiza daños a la herramienta, pues la aplicación desigual de calor arruina el temple.
El cuchillo de campo es una herramienta de uso rudo; no se adecua a la jardinería doméstica, la alta cocina, la ebanistería, las artesanías, reparaciones eléctricas ni papelería: no se debe permitir a nadie en casa que lo emplee para estos oficios.

8. Mantenimiento
Antes y después de cada salida, el cuchillo de campo debe ser lavado acuciosamente, secado con toalla, afilado y revisado mediante el tacto y la vista, asegurándose que la hoja no tenga grietas, la empuñadura sea firme y el filo suave. Los cuchillos pavonados o de acero sin cromo pueden requerir una capa de aceite mineral delgado antes de guardarlos, para prevenir la oxidación.
También se debe revisar –antes y después de cada salida– que la funda (blanda) o la vaina (rígida) estén perfectamente limpias y secas por dentro. La presilla para el cinto o el sistema «sobaquero» (para llevar bajo el brazo) deben estar firmemente adheridos, así como el inmovilizador de la empuñadura. Si se sueltan en el campo, tardaremos mucho tiempo en darnos cuenta que extraviamos el cuchillo y difícilmente podremos recuperarlo. Asimismo, debemos asegurarnos que no haya rasgaduras en la funda o fisuras en la vaina que dejen expuesto el filo o la punta del cuchillo, pues una herida lejos de los servicios de emergencias nunca es deseable.
Adiestrar a los miembros de la familia en el uso de ésta y otras herramientas evitará muchos accidentes, al tiempo que incrementará en todos la autoconfianza y capacidad de resolver problemas tanto en casa como afuera. Sin embargo, el cuchillo de campo es un utensilio muy personal; lo más recomendable es guardarlo dentro de un cajón con llave cuando no esté en uso.
En cuanto a la manera de afilar, evitemos los afiladores para cuchillos de cocina, que rara vez sirven incluso para su propósito principal. Los esmeriles eléctricos tampoco son recomendables, pues mal usados sólo desgastan de más la hoja y la calientan, arruinando el temple. La elección más recomendable es una chaira o una piedra, según prefiera el usuario, mientras sean de buena calidad y alto índice de estriado/grano.
La hoja se frota por ambos lados contra la piedra o la chaira, en movimientos circulares, conservando un ángulo de 15-20°. Si el filo se «voltea» sobre el lado de la hoja contrario al afilador, se cierra un poco el ángulo y se frota el lado «volteado» unas cuantas veces a contrafilo; si vuelve a voltearse, significa que el metal no sirve. Por el contrario, si sentimos que el filo no mejora, abrimos el ángulo un par de grados y hacemos un poco de presión sobre la hoja.
A no ser que la tienda nos ofrezca el servicio de afilado al entregar, el filo de un cuchillo nuevo debe labrarse personalmente y a mano, con una piedra de grano grueso o incluso con un limatón de acero al alto carbono, pasando a piedras de grano cada vez más fino hasta que quede suave. Esta tarea requiere varias horas, pero sólo quien ha creado por sí mismo el filo de su cuchillo lo siente «suyo», parte de su anatomía, y le da el mismo cuidado que su cuerpo le merece.


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